Como despedida (parte I)

La cálida luz de las llamas ahuyentaron a las sombras de la mitad de su rostro, las puntas de sus negros y largos cabellos flotaban suavemente sobre el fresco viento y sus tristes ojos opacos, clavados sobre la fértil tierra, habían perdido todo rastro de felicidad y esperanza. Desde que llegó a la tribu todas las noches se sentaba en el límite de las sombras callado, tranquilo y solo. Su boca no sonreía a pesar de que su rostro aún no pesa de arrugas. Sus manos posadas sobre sus desnudas rodillas y sus fuertes piernas recogidas creaban la imagen de una bella escultura color rucu que guardaba parte la sabiduría de la naturaleza, el espíritu del universo y el misterio en el corazón.

La tercera noche me acerqué, me senté frente a él de la misma forma como estaba sentado y puse entre nosotros comida, levantó la mirada y sonriendo le dije mi nombre -Aiyana-, su rostro no muto, miró al suelo y comió ignorándome.

Un día los hombres fueron a cazar al bosque y encontraron un gran jabalí, lo persiguieron arrojándole piedras, flechas y usando las cerbatanas, pero el animal era muy ágil y veloz, corrieron tras de él por horas hasta que lograron llevarlo a una de las trampas que tenían escondidas en el bosque, un gran agujero cubierto con hojas secas. Al llegar a la orilla de la trampa uno de ellos le arrojó al gran jabalí una fatal flecha y entre cuatro hombres lo sacaron y lo amarraron para traerlo a la aldea, pero mi hermano Adoette se percato que había un hombre en el agujero y llamó a sus compañeros, sin tardanza lo sacaron y ya afuera lo miraron, era un hombre joven con largos cabellos negros que cubrían toda su cabeza, su piel no tenía dibujos pero de su cuello pendía un grueso collar con piedras azules que se unían en un gran dije lunar, usaba un taparrabos de color claro, y largas plumas pendían a los costados de éste.

Adoette se acercó para asegurarse de que estaba vivo, se dio cuenta de que su respiración era lenta y casi imperceptible, así que decidieron traerlo a la aldea.

Al llegar, los niños corrieron hacia ellos como siempre para darles la bienvenida y ayudarlos con cargas pequeñas, pero nuestra sorpresa fue grande al verlos llegar con un hombre diferente que parecía muerto, los niños guardaron su distancia al percatarse de éste.

Ante las miradas de todos fueron hacia el tipi del viejo sabio, dos de ellos entraron con el desconocido, mientras los otros trajeron al jabalí para que lo preparáramos para la comida.

Mientras desgarraba la piel del animal con un cuchillo de oxidiana, los dos hombres salieron con el desconocido y lo llevaron a la jaula donde encerraban a los enemigos, sólo que después de hacerlo pusieron una piel en la parte superior para proteger al hombre del sol, yo no entendía, si los hombres lo lastimaron para apresarlo ¿por qué lo protegían del sol?. Llamaron a mi madre y yo me ofrecí a ayudarla. Después de ir por pieles, trapos, agua y hierbas entramos a la celda, los hombres lo levantaron y nosotras colocamos una piel debajo para recostarlo y curarlo, yo no entendía. No encontramos ninguna herida, el hombre sólo necesitaba agua y comida, mientras mi madre molía algunas hierbas yo me arrodille junto al hombre, tome con una mano su cabeza y con la otra le di agua, a pesar de que era diferente a los hombres de la aldea era muy bello, tenía el cabello tan largo como yo pero más negro que la noche, caía como cascada sobre su pecho, su piel parecía acariciada por el sol pero guardaba el frío de la luna. Mi madre se acercó y le dio en la boca la mezcla que había hecho, él trago pero no abrió los ojos. En la tarde y en la noche mi

Noche mistica

Noche mistica

madre y yo hicimos lo mismo.

El segundo día desperté a mi madre para atender al hombre antes de hacer nuestras labores, pero al llegar a la celda los hombres no nos dejaron entrar, el desconocido había despertado. Mi madre me mandó hacer mis labores, ya no me necesitaba así que me fui.

En la tarde cuando venía con las demás mujeres del rio, vimos al viejo sabio hablando con el extranjero, pero éste sólo miraba al suelo sin decir nada, no hablaba nuestra lengua.

En la noche, después de comer, los hombres más grandes se reunieron con el viejo sabio para acordar que hacían con el desconocido. Cuando mi madre se durmió salí del tipi a hurtadillas y me acerqué sigilosamente a donde estaban los hombres:

-No estoy de acuerdo, no sabemos de dónde viene y no sabemos las intensiones que tiene.

-Estaba desmayado, no creo que haya querido venir a hacer mal, nosotros lo trajimos.

-Puede que sea una trampa.

-No tenemos enemigos.

-Si tuviera la intensión de hacer algo no vendría solo.

-No habla nuestra lengua.

-Lo hemos sanado y cuidado, no puede pagarnos mal.

Después de escuchar todas las opiniones, el viejo sabio decidió dejarlo libre al día siguiente, que el hombre decidiera irse o quedarse, pero si se quedaba estaría bajo vigilancia por todos los hombres, asimismo les pidió a cada uno de ellos que advirtieran a sus familias para que estuvieran atentos.

En cuanto salió el sol los cuatro hombres y el viejo sabio fueron a la celda y la abrieron, el desconocido se levantó y miró a los hombres que esperaban de pie afuera. Con pasos lentos e indecisos el joven hombre avanzó hacia la puerta. El viejo sabio le sonrió y le dijo que era libre, que si quería irse podía hacerlo, pero si decidía quedarse tendría que hacer lo que todos los hombres de la tribu hacen, el joven lo miro con respeto, tal vez con un poco de miedo también pero en definitiva con mucho agradecimiento, después bajo la mirada y miró de reojo a los hombres que estaban cerca de él y al resto de los aldeanos que lo mirábamos con atención. Después de unos segundos comenzó a caminar hacia el bosque sin dar la espalda, hasta que estando a cierta distancia corrió perdiéndose entre los arboles y de mi vista.

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